Existe todo un universo de lo que no se nombra y afecta a nuestra salud, malestares que se sienten y no se dicen. Que se normalizan o se medican. Aparecen en diferentes formas como síntomas que nos molestan, pero no existen narrativas de lo profundo, del contexto en el que se enraízan.
Sé en mis propias carnes que hay vulnerabilidades que no sabemos colectivizar, que están atravesadas por el género y que se salen del ritmo establecido, de la máquina de producción y por lo tanto de la mirada de lo que se considera aceptado.
Hablo de ese: no sé qué me pasa pero me siento mal, y no lo entiendo porque no tengo motivos. Hablo del no me da la vida constante. Hablo de la angustia vital cotidiana agarrada al pecho. De perder los nervios con los/as hijos/as “por tonterías”. De que todo nos irrite.
Hemos normalizado el ritmo acelerado del mercado. Tener todo el tiempo cosas que hacer, vivir conectadas a la mente, a las emociones, a las pantallas, al ascenso: trabajo, pareja, casa, coche, formación, familia, viajes, cervezas con los/as amigos/as… Conducir en automático.
Antonio Gala decía que no concebía una inteligencia que no nos ayudara a vivir.
Vivir.
Acompasar la marcha de la cultura con los ritmos propios. Los crujidos del cuerpo y del alma. Porque a veces ir despacio es ir muy rápido y porque, aunque paremos, la vida sigue sucediendo. Que el camino esté marcado no significa que sea lo que queremos transitar, y para dejar de actuar movidas por lo externo es importante nombrar lo interno. A ritmo propio. ¿Y cómo sé cuál es mi ritmo? Poniendo conciencia en la manera en la que nos conducimos en la vida.
Es urgente que dejemos de normalizar la violencia, la esclavitud en nuestra manera de vincularnos, la censura de los tiempos que nos hacen bien y la obediencia a lo que nos daña. Que nos preguntemos, a lo Castaneda, si el camino que estamos recorriendo tiene corazón.
Y no vemos camino, ni dirección, ni forma de cambiarlo, o nos contamos que cuando suceda tal o cual cosa podremos empezar a vivir, o que decepcionaremos a alguien que amamos si dejamos de hacer algo, o que somos egoístas, o que es lo que se espera de nosotras/os: recuerda que puedes pedir ayuda, que tienes derecho a elegir y que el dolor que produce no cumplir las expectativas ajenas esconde detrás el éxtasis de alcanzar las propias.
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